Cuando recién salidito de la universidad iba a la oficina de mi primo Martín, era muy importante para mí, la opinión que mis posibles clientes tendrían acerca de mi persona. Me ponía corbata con un nudo Oxford, y debía haber una perfecta combinación de color entre la correa, los zapatos , la camisa, el saco, los lapiceros, las medias y los calzoncillos.
Luego de algún tiempo llegué a la conclusión de que mis calidades personales no iban en función del color de mis medias, así que decidí ir ala oficina del modo más cómodo posible, en verano: bermudas y sandalias. En invierno: Jeans y gorrito de lana.
El primer paso en el camino de la libertad es el autoconocimiento: Sabiendo quién soy no importaba lo que me iba a poner encima. Sin embargo en ciertas ocasiones, cuando debía dar clases o cuando tenía una audiencia no podía aplicar la misma regla de comodidad casera. He optado por desempolvar los sacos y las corbatas. El punto es que está bien saber quién soy, pero esa verdad no me hace olvidar dónde estoy. Una cosa es que por haber rebasado el límite del complejo me ponga sandalias para trabajar en mi oficina, y otro que por ausencia de sentido común me presente con facha de recién salido de la cárcel a dar un informe oral ante la Sala Laboral.
El que no te importe lo que piense el resto en lo relativo a tu vida privada es una liberación de complejos, el que no sepas ubicarte en la situación y en la circunstancia es una muestra de desadaptación. Verbi Gratia:
El futbolista que usa zapatillas Umbro, shorts Umbro y polos Umbro durante el día. Bacán. Es su estilo. Pero si se pone el uniforme del Alianza en el velorio de Papá, y el uniforme de Argentina el día del entierro: Desadaptado.
El reggetonero que va hecho un Mario Barakus a sus clases en la universidad. Bacán, es estilo. Pero si el día de su examen de Grado llega convertido en Dady Yankee: Desadaptado.

Roberto Pável
Jáuregui Zavaleta