Desde siempre he tenido la percepción de la permanente oposición entre naturaleza y cultura.
La cultura no comprende lo natural. Se horroriza ante los métodos y procedimientos naturales; mientras en el mundo natural los débiles, los ancianos y los enfermos son eliminados; el hombre, por su lado, busca prolongar la vida de los miembros de la sociedad más desprotegidos.
La naturaleza no puede asimilar lo cultural (conducta y obra humana), la cultura quebranta el frágil equilibrio biológico; destruye ecosistemas y, en general, trastorna el orden natural.
Lo fatal de esta oposición es que mientras la cultura aniquila lo natural, destruye su propia fuente de sustento y continuidad biológica. Desde esta perspectiva la cultura tiene la forma de un “geno – suicidio”: Toda la obra del hombre, en suma, se podría reducir a un solo acto de autodestrucción.

Hace un par de días se me presentó un modo distinto de ver el asunto. Podría ser que la visión de la oposición cultura – naturaleza, con su catastrófico final, sea consecuencia de una visión lineal de la historia. La cuestión es ¿y si la historia, como la misma naturaleza, fuera cíclica? En ese caso la oposición entre lo cultural y lo natural sería no una historia de autodestrucción sino una historia de renovación.

Del mismo modo en que la luna se renueva, al menos en un sentido perceptivo, la naturaleza misma estaría atravesando un proceso de renovación, por el cual la naturaleza consciente (cultura) reemplazará a la naturaleza inconsciente (animal, vegetal). En esta perspectiva la extinción del mundo natural como lo conocemos, no necesariamente implicaría el fin de la humanidad, sino simplemente la extinción de todo aquello que no pueda ser asimilado en el orden cultural.

Hace un par de minutos se me presentó otro modo de pensar estas cosas:

Podría ser que la visión cíclica de lo natural fuera solamente una falsa percepción. Del mismo modo que la renovación de la luna es un invento de la imaginación humana (todos sabemos que físicamente la luna no se renueva), podría ser que todos los ciclos naturales sean simplemente eventos inconexos sin relación de causalidad alguna; es decir que, a la larga, se trataría de una ilusión cultural, en virtud de la cual, todos los ciclos percibidos serían falsos ciclos, y por lo tanto, la concepción cíclica de la vida y la naturaleza, no sería otra cosa que el autoengaño que sustentaría y permitiría nuestra autodestrucción; la sensación de invulnerabilidad para hacer más fácil nuestro camino hacia la muerte segura.

En este último caso, nuestra destrucción sería igualmente inevitable.

Roberto Pável Jáuregui

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