Releía una vieja monografía redactada allá por agosto de 1994. En la página 24 encontré los siguientes comentarios sobre Hobbes:

Hobbes parte de la hipótesis de que un hombre libre no tiene escrúpulos ni conciencia, que es el esclavo de sus pasiones”

“…es tan egoísta y tan bajo moralmente que, experimenta una suprema satisfacción al perder sus derechos porque sabe que todos los demás los han perdido, y es tal certeza la que lo convierte en un buen ciudadano”

Hobbes ve al hombre como un ser naturalmente ruin y egoísta. Ese egoísmo se ejerce en una libertad bastante amplia, por cierto, debido a que no se encuentra limitada por escrúpulos. De esa maldad original nace el orden político, porque hombres malvados y libres prefirieron perder sus poderes primigenios, entregándolos para formar el Estado, por el simple placer de ver que el resto de la humanidad también iban a perder su autonomía.

La idea me llamó la atención, no por la visible ingenuidad con que enfoca la compleja naturaleza humana, sino porque, en sí, nos plantea un dilema moral abrumador:

Esa asociación entre esclavitud y libertad, entre egoísmo y ética cívica ¿no lleva implícita la negación del mal y del bien? Si el hombre es libre para conducirse conforme a su ego, entonces, a la vez, es esclavo de sus pasiones; si el hombre es esclavo del Estado, en ese caso, por lo menos en la práctica, será liberado de su naturaleza viciada por la ética ciudadana. Y si una cosa se debe a la otra, ¿no podría llegarse a la conclusión de que ambas, al fin y al cabo, forman parte de algo más grande, una realidad que las unifica y las confunde?

Aparentemente sí… sin embargo, hay un pequeño defecto en el argumento. El contrato por el cual hombres perversos crearon el orden y el bien cívico nunca ocurrió, salvo en la mente de Hobbes, hecho elemental pero contundente, que convierte ese relativismo moral en una simple falacia.

Roberto Pável Jáuregui Zavaleta


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