Hay una visión del universo como ente dividido en fuerzas que se oponen con simétrico encono; según la cual, el equilibrio entre el bien y el mal vendría a ser el fundamento de lo existente, incluyendo nuestra vida e historia.

Uno de los argumentos a favor del entendimiento dual de la realidad, se basa en que el ser de un ente determinado es imposible sin el ser de otro completamente opuesto. Sin mal, no conoceríamos el bien. Sin día no notaríamos la noche. Sin dolor, no percibiríamos la alegría, etc etc…

Contra esta falacia, se pueden plantear varias objeciones, mencionaré tres:

  1. Toda la comprobación de la teoría dual, se basa en la imposibilidad de percibir la realidad opuesta. En ese sentido, la complementariedad no necesariamente es ontológica sino simplemente cognoscitiva, y por lo tanto, el mal únicamente provoca la añoranza del bien perdido, más no ejerce ninguna influencia germinadora en aquél.
  2. Sin embargo, la función cognoscitiva de los contrarios resulta todavía más débil, ya que no es cierto que necesitemos conocer ambos opuestos para entenderlos individualmente. ¿Necesita el rico la pobreza para conocer su riqueza? No, la percibe por sus propios efectos, cuando usa de su dinero y su poder. Lo mismo ocurre con el bien y el mal, son perceptibles no por la existencia del otro, sino por las bondades o los estragos de sus propias consecuencias. Conocemos la luz, no porque haya oscuridad, sino porque vemos. Conocemos la oscuridad, no porque exista la luz, sino porque sencillamente no somos capaces de ver.
  3. No hay relación alguna de causalidad comprobada entre los opuestos. El día no es creado por la noche, sino por la rotación de la tierra; la felicidad no es causada por la tristeza, sino por un momento placentero; el dolor no es causado por el gozo, sino por una circunstancia pesarosa; de modo que no es necesaria una para la existencia de la otra.

El dualismo entonces resultaría ser no otra cosa que un reduccionismo simplón y sin sentido.

Roberto Pável
Jáuregui Zavaleta