Tomando una sabrosa taza de café en la no menos sabrosa compañía de un amigo, cuyo nombre vamos a mantener en reserva como mecanismo de protección, llegó a mi conocimiento una nueva modalidad de actividad literaria: la promoción de nuevos valores. La ocurrencia me pareció digna de un comentario por lo hilarante o lo delirante (eso ya es cuestión de aficiones), ya que siendo conscientes de la triste realidad literaria regional me parece un poco traído de los pelos que un escritor anónimo pueda promocionar a alguien, por más libros publicados que pueda colgar de su currículo.

Veamos el panorama a grandes trazos:

Las publicaciones son completamente irrelevantes e intrascendentes, demográficamente hablando. La Provincia de Trujillo debe tener algo de 600,000 habitantes. El impacto que pueda tener una edición de mil ejemplares (equivalente a menos del 1%) es casi nulo, por no decir nulo.

En la práctica todas las publicaciones son clandestinas, artículos coleccionables por la misma gente de siempre. Un reducidísimo círculo conformado por cuatro gatos involucrados en el quehacer literario, a los cuales todos conocemos, y son: fulano, sotano, mengano y la carracuca. Estos se homenajean, se invitan y se deshacen en halagos entre ellos, a falta de lectores reales, ya que sus publicaciones, usualmente de mediocre nivel, ni siquiera sirven para regalo consuelo de librería pirata. La verdad es que a estos literatos y comunicadores nadie los conoce, solamente sus amigos, ciertos adolescentes que puedan caer bajo sus garras o tres o cuatro mentecatos que se creen el cuento del artista “consagrado”.

Esto está ligado a un segundo problema: La falta de verdaderos editores. Aquí la cosa es más fácil de explicar; al no existir un verdadero mercado editorial, es imposible que existan editores. Un editor es un hombre de negocios, pero además, se supone, es un artista de gran conocimiento y sensibilidad literaria (al menos en el mundo civilizado). Debe tener la capacidad de valorar un texto y estimar su impacto en el mercado. Eso en la región liberteña es imposible. El 99.99% de nuestros “editores” no realizan ninguna función realmente editorial, no invierten en literatura sino en la ingenuidad y en el ego de nuestros “escritores”. La relación que se entabla entre el escritor y el pretendido editor más que editorial es simbiótica. .. Ellos simplemente se favorecen con las impresiones, por lo que técnica y tautológicamente son simplemente “impresores”, donde el asunto no es presentar un material de calidad, sino alentar todas las publicaciones para luego abandonar al iluso autor a su suerte.

Como el mercado ni siquiera tiene la oportunidad de agrandarse con los propios literatos, ya que los gatos que ya les mencione, por lo general nunca compran libros regionales (esperan que se los regalen); se llega al último nivel de degeneración: las patéticas ventas forzadas que los autores o sus amigos cercanos harán a los estudiantes que hayan tenido la mala fortuna de caer en sus garras. Pero al final, esta modalidad de venta tampoco hace a sus autores trascendentes, ya que los contenidos son de tan poca calidad que nada les garantiza que su imaginario “público” lea sus libros, y la verdad, en el mejor de los casos esas obras de arte van a un estante o a alguna caja a dormir el sueño de los justos, sueño que según Nietszche es largo y profundo.

Así, de todo este asunto se puede sacar dos aplicaciones:

Primero: Según el contexto literario regional e idiosincrasias anexas, se debe entender como promoción de nuevos valores aquella que realiza un escritor más o menos desconocido, a favor de individuos más o menos aficionados a la literatura, pero igualmente desconocidos, con el objeto de promocionarse a sí mismo. Como diría Condorito… Plop!

Segundo: En ese estado de cosas, que alguien pretenda promocionar nuevos valores resulta una pretensión digna del pueblo de Macondo, arrabales y demás coroneles.

He dicho

Roberto Pável

Jáuregui Zavaleta