Judas, el traidor. Nerón, Hitler y Calígula, tres locos sanguinarios. Napoleón, el genio militar…
Asociar un valor o una idea al decir un nombre cualquiera resulta curiosamente inevitable. Por ejemplo, de mi infancia recuerdo a Yuri, la tontería; a Cerdeña, la estupidez; a Juan, la amistad; a Paco, el alcoholismo; Elvis, la mansturbación; y Marco, las historias de terror y los chistes de Quevedo.

Resulta claro que el nombre resume al hombre. En cierta forma, vamos adhiriéndole nuestros momentos, nuestras palabras, nuestros pasos. César hizo de su nombre un signo de majestad y autoridad al punto que se convirtió en sinónimo de poder. De allí se derivó la palabra Kaiser y Czar, títulos de los emperadores alemanes y rusos. Alejandro Magno, conocedor que otro Alejandro había mostrado cobardía en el combate, le instó a cambiarse de nombre o a comportarse a la altura del que llevaba (talvez una incipiente protección de la calidad de marcas).


Me pregunto ¿qué idea vendrá a la gente cuando dice mi nombre? ¿qué pensamientos evocarán quienes pronuncian el tuyo?

Roberto Pável
Jáuregui Zavaleta