“…Los símbolos que gravitan alrededor del dominio del tiempo se agrupan en dos categorías; en aquellos que acentúan el poder de la repetición infinita de ritmos temporales (…) los arquetipos y símbolos del retorno, polarizados por el esquema rítmico del ciclo; por el otro, ordenamos los arquetipos y símbolos mesiánicos…”

(Esta cita proviene de un libro que trata sobre la estructura del imaginario, cuyo autor francés he olvidado como consecuencia de la ilusión del tiempo)

¿Qué es el tiempo?

Algún griego respondería que es desplazamiento, una forma de movimiento; un discurso incesante de no-ser.

Tal postura contiene un defecto; identifica dos situaciones completamente distintas y separables. Por un lado (A) el perecimiento y modificación incesante de los objetos; y (B) el “lapso” en que tales “eventos” ocurren.

¿Por qué, entonces, no ahorrar un paso, y decir que el tiempo, sus modos y sus medidas son una manera de percibir la realidad? ¿de dotarla de una dimensión estática de la que carece? ¿De tomar una porción arbitraria de ese continuo fluir y colocarle una etiqueta de “presente”, “pasado” o “futuro”?

La cuestión es que el tiempo carecería de una base “física”, de un fundamento real y objetivo. Vendría a ser solamente una especie de conjuro con el que nuestra mente, a través de la idea de la repetición y del ciclo, procuraría vencer el insoportable fluir de las cosas y la muerte.

Los minutos terminan para volver a comenzar. La repetición cíclica se multiplica en horas, días, semanas, años y nos ofrece la ilusión del retorno. Un día será lunes otra vez; luego, llegará nuevamente abril, y a la muerte de cada diciembre habrá otro enero para revivir la idea de una nueva creación.

¿Qué es el tiempo?

El simple espejismo de una inmortalidad terrenal.

Roberto Pável

Jáuregui Zavaleta