En un momento determinado, en cuerpos de diferente índole aparece una causa de propia degeneración, como si hubiera un principio de decadencia en la naturaleza; una especie de “programa” o “chip” de autodestrucción que se activa automáticamente de modo que aun cuando se puede prolongar el estado de las cosas, mantener cierto orden, quitar el polvo, reducir la mortalidad infantil, aumentar las estadísticas de esperanza de vida, hacernos viejos, a la larga, una norma degenerativa y mortal acabará imponiendo sus fueros en todo lo que existe.

Resulta “sugestivo” que el mismo principio decadente se enseñoree de objetos incorpóreos, de dimensiones de la realidad que no se desenvuelven en un plano necesariamente físico, como la cultura, el poder político, las ideologías. Existe una especie de fatiga de las ideas que hace que las propuestas filosóficas caduquen; que las expresiones artísticas envejezcan; que los imperios se conviertan en ciudades cubiertas por el polvo, que se tuerza la rectitud moral, y que mueran las ideologías.
La certeza del fin es una de las obsesiones del hombre como lo es la búsqueda del antídoto. En “Cien Años de Soledad” la lucha contra el principio decadente se expresa en la conservación de la casa de los Buendía contra el ataque de las hormigas y el polvo. La desaparición de Úrsula y el final desenlace del libro de García Marquez nos presenta el triunfo de la muerte. En “La Máscara de la Muerte Roja”, Alan Poe; la peste asola la región; el Príncipe Próspero decide perdurar aislándose en uno de sus palacios. Encerrados y felices viven él y sus amigos, mientras el resto del país es arrasado. Durante un baile de máscaras descubren que la peste está dentro y que la muerte los ha alcanzado también a ellos.
Hay una idea de conservación cuando se limpia un objeto o cuando se lo aísla (algo de esto se esconde en el concepto monástico); idea semejante es la que se percibe en las concepciones cíclicas del tiempo. Como se puede apreciar, tanto las medidas de Úrsula para mantener la casa, como las previsiones del príncipe para conservarse a sí mismo, estaban destinadas a hacer de la existencia un evento más llevadero. Ambos desarrollos literarios nos presentan la utilidad verdadera de estos antídotos: al igual que el “tiempo cíclico”, solamente son placebos destinados a mitigar la sed humana de inmortalidad.

Roberto Pável
Jáuregui Zavaleta