Hay muchas cosas que admiro de los EE. UU.

Enumerarlas es sencillo: por ejemplo, esa estabilidad política que le ha permitido ser, si no me equivoco, el único país en el mundo que jamás tuvo un golpe de Estado ni un dictador (y en esto le da ejemplo al mismo Vaticano, que con todo y ser la representación del reino de Dios, ha dejado un poco mal parado a su celestial representado).

Otra cosa admirable: su pragmática disposición para el trabajo y la creación. Hay gran cantidad de aportes a la tecnología que nacieron en cocheras y granjas. También está lo ordenado del tránsito; y ni hablar de Mark Twain y la NBA

Pero, por encima de todo, creo admirar su sistema de justicia. En parte, porque soy de un país en el que los procesos kafkianos no son una mera ficción literaria. Como abogado, he sido testigo de lo absurdo, ilógico y estúpido de nuestro sistema legal; el mismo que es operado en un 80% (siendo generosos) por un conjunto de absurdos, ilógicos, estúpidos y corruptos magistrados, secundados por otros no menos cualificados auxiliares: el resultado, procesos largos, impunidad casi absoluta, desamparo jurisdiccional, y 0% de credibilidad.

En el sistema legal norteamericano Clinton fue inabilitado y puesto en jaque por perjuro. Mientras que aquí hasta los sobrinos de los presidentes tenían licencia para violar. En ese marco, y con esas comparaciones, la reciente disposición judidicial de 45 días de cárcel sobre Paris Hilton, la imbécil heredera de ese desafortunado papá millonario, resulta inspiradora.

En el Perú, donde jamás un solo chofer ha pasado un día en la cárcel por conducir en estado de ebriedad o matar peatones; Paris Hilton se presenta como un ícono de la esperanza, como un inesperado símbolo de un futuro más promisorio; como una vaga exhortación de que la justicia tarda… pero llega.

Roberto Pável
Jáuregui Zavaleta
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