Con la frente frías y con menos hígado he modificado este post para ocuparnos únicamente sobre la frase de Bolognesi. Como sabrán, Cruz Salvo negó, cinco años después de la guerra, que Bolognesi habría dicho que defendería la plaza hasta quemar el último cartucho. Afortunadamente la discusión es vieja y ya hace tiempo el gran Ricardo Palma supo poner los puntos sobre las íes:

“Niega el señor Salvo que en la respuesta dada por el coronel Bolognesi al jefe parlamentario hubiera habido la frase quemaré hasta el último cartucho. Muertos en el combate casi todos los jefes peruanos que asistieron a la junta de guerra, con excepción de los comandantes Roque Sáenz Peña (argentino), Marcelino Varela y Manuel C. De la Torre, apelo al testimonio de éstos. El Comandante Sáenz Peña la ha consignado en el brillante artículo que ha poco publicó en Buenos Aires.

Por el mes de junio de 1880, toda la prensa del Perú y de Chile se ocupó d la histórica frase. Recientes estaban los hechos, y aquella era la oportunidad en que el señor Salvo, tan celoso hoy, a los cinco años de la conferencia, por salvar la verdad histórica, debió haber escrito la rectificación que mi pobre artículo ha inspirado

En cuanto al calificativo de vulgares que el señor coronel Salvo da a las palabras del inmortal batallador del Morro de Arica, permítame que le niegue competencia para tan decisivo fallo. Así como las obras del espíritu, así como los arranques del patriotismo se aprecian con el corazón y no con la cabeza, se sienten y no se discuten. En la proclama de Nelson, en Trafalgar, “la Inglaterra espera que todo buen inglés cumplirá con su deber”, no puede haber más llaneza. El famoso – Qu’il mourut! – de Corneille, en los Horacios, es una exclamación de encantadora sencillez. En un soldado de la educación de Bolognesi, nada más natural y espontáneo que su respuesta: Quemaré hasta el último cartucho.

Y a propósito, y por vía de ampliación, quiero terminar refrescando la memoria del señor coronel Salvo, con la copia de unas pocas líneas de la página 1125, tomo III, de la Historia de la Guerra del Pacífico, por Benjamín Vicuña Mackenna, volumen impreso en Chile a fines de 1881.

Dice así el historiador chileno: “Llegado el parlamentario a la presencia del jefe de la plaza, la conferencia fue breve, digna y casi solemne de una y otra parte. Entablóse el siguiente diálogo, que conservamos en el papel desde una época muy inmediata a su verificación, y que por esto mismo, fielmente copiamos: “-lo oigo a usted, señor – dijo Bolognesi con voz completamente tranquila. – Señor – contestó Salvo -, el general en jefe del Ejército de Chile, deseoso de evitar derramamiento inútil de sangre, después de vencido en Tacna el grueso del ejército aliado, me envía a pedir la rendición de esta plaza, cuyos recursos en hombres, víveres y municiones, conoce. – Tengo deberes sagrados que cumplir y los cumpliré quemando el último cartucho. – Entonces está cumplida mi misión – dijo el parlamentario levantándose…”

En la página 1127 pone el señor Vicuña Mackenna una nota que a la letra dice: “La intimación de Arica me fue referida por el mayor Salvo a los pocos días de su llegada a Santiago, en junio de 1880, conduciendo en el gtata a los prisioneros de Tacna y del Morro, y la hemos conservado con toda la fidelidad de un calco”

Ya verá el señor coronel Salvo que yo no he escrito un romance ni dado pábulo a mi fecunda imaginación, como tiene la amabilidad de afirmarlo en su artículo rectificatorio. Si Bolognesi no pronunció la vulgaridad de “quemaré el último cartucho”, en tal caso, ateniéndonos a Vicuña Mackenna y desdeñando otros informes y documentos oficiales, sería el mismo coronel Salvo, y no yo, el inventor de esa (para mí y para el sentimiento patriótico de los peruanos) bellísima y épica vulgaridad”

Ricardo Palma
Lima, septiembre 18 de
1885

Roberto Pável
Jáuregui Zavaleta
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