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Dice el Comercio:

“El Ministerio de Telecomunicaciones de Italia atribuyó la censura al contenido violento y a la “incitación al homicidio” del juego de la sociedad estadounidense Rockstar Games, que debía salir a mediados de julio en este país (…) Por su parte, la asociación de consumidores CODACONS, la mayor de Italia, ha acogido con satisfacción la prohibición decretada por el Ministerio. Mientras que en Irlanda, la Oficina de Censura de Filmes (IFCO) tomó esta decisión en aplicación de una ley sobre “los actos de violencia grave y crueldad”, entre ellos, la mutilación y la tortura. El organismo, si bien reconoció que la violencia puede ser aceptada en algunos filmes o videojuegos, estimó que en el caso de “Manhunt 2” este “contexto no puede aplicarse y es inaceptable”.
En Gran Bretaña, la Oficina de Clasificación de Filmes (BBFC) prohibió la segunda parte de “Manhunt” porque “se concentra permanentemente en la persecución y los asesinatos brutales”(…) En el mercado estadounidense, “Manhunt 2” ha sido clasificado como ‘Sólo para adultos’, una calificación otorgada a muy pocos juegos. Según el diario El País de España, tanto Sony como Nintendo (propietarias de las consolas Playstation y Wii, respectivamente) se unieron al rechazo internacional del videojuego y anunciaron que no permitirán su publicación en Estados Unidos.”
El Comercio.com

Una idea básica para entender la complejidad de la regulación de la libertad, el constitucionalismo y la democracia, esta relacionada con la seguridad y la debida protección de los miembros del Estado. El veto del juego Manhunt 2 por parte de Italia, Irlanda e Inglaterra ha traído a colación este viejo debate.

En principio la libertad y la protección de quien la ejerce están en oposición, para decirlo de algún modo: en una relación inversamente proporcional. A más libertad, menos protección; a más protección, menos libertad. Basta, para comprender el concepto, con recordar nuestras etapas de maduración; mi primera llave de casa la obtuve cuando ingresé a la universidad, eso implicaba mayor autonomía, al mismo tiempo, significaba que estaría menos protegido que cuando tenía 5 años, edad en la que no se me permitía encender la cocina.

El Estado debe decidir si la libertad que otorga a sus ciudadanos es la suficiente como para expresarse y desarrollarse plenamente; y al mismo tiempo, si la sociedad en la que se vive es lo suficientemente segura. Este es también el fundamento de los famosos “toques de queda” y de los “estados de emergencia”: la restricción de las libertades, una vez más está asociada a la protección de los ciudadanos y la sociedad.

Cuando el peligro es físico, entonces no hay muchos problemas en el establecimiento de las limitaciones de la libertad. Un toque de queda, una movilización, una cuarentena suelen ser medidas justificables. Pero, ¿existe un peligro de carácter moral? La lógica de la censura del juego (que dicho sea de paso, es tan violento que hasta Sony y Nintendo se han espantado con su contenido y ha sido clasificado como material sólo para adultos en EE. UU.) es que existe un peligro moral-psicológico-espiritual para la sociedad, que podría afectar incluso a los adultos a los que va dirigido.

Una vez más el asunto es dónde detenerse. Hugo Chávez cerró RCTV arguyendo la protección de los menores respecto de las telenovelas de subido tono que el canal transmitía. ¿Porqué Italia, Irlanda e Inglaterra pueden proteger a sus adultos de un videojuego y Hugo Chávez no podría proteger a los menores de las telenovelas? ¿Porqué Alán no podría protegernos a los peruanos del 90% de la programación de la televisión pública, y del 100% de la programación de Panamericana?

A estas alturas, los lectores de este blog sabran que no soy adicto a Hugo Chávez; pienso que los menores en Venezuela deberían ser protegidos, en todo caso, del mismo Hugo Chávez y de la sangrienta ideología del comunismo. Sin embargo la cuestión de la censura por causas morales es un asunto cuyas múltiples interrogantes no puedan ser respondidos a la ligera. Definir los límites del censor , al fin y al cabo, sería equivalente a definir los alcances de nuestra propia libertad.

Roberto Pável
Jáuregui Zavaleta