Viernes, siete de la mañana, estoy revisando el correo cuando veo que mi único contacto “on line” de messenger es una vieja amiga (lo de vieja debe entenderse en el sentido de la longevidad amical); como ocurre cuando te encuentras con alguien que no has visto en tiempos, no puedes resistirte a intercambiar “un par de palabras” (como decían los Hombre G), el diálogo comienza con un saludo que es respondido, y a las pocas líneas alguien dice: “Soy Juancho, el esposo de Carla…”

Como diría Magally: JUATH?

Ese grado de compenetración conyugal ha rebasado mis expectativas y no sé si felicitar o atreverme a dar un consejo. Tengo la prejuiciosa y machista impresión de que eso de las claves compartidas parece ser una cosa que les gusta a las mujeres (creo que mi esposa me ha dado su clave un par de veces, pero como soy un caballero con mala memoria, he olvidado la secuencia de Fibonaci).

En fin, la aventura da para una encuesta, no tan literaria como las que publican por allí los altos blogs de los distinguidos blogger de renombre; pero, no por eso, innecesaria.

Aquí va la pregunta:

“¿Cree usted que su esposo (a) debe tener y/o manejar sus cuentas de messenger y correo electrónico?”

Ya me siento medio Cecilio Valenzuelo.

Roberto Pável
Jáuregui Zavaleta

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