En “Al fondo hay sitio” leía con satisfacción las nuevas de la candidatura de un bacalao asiático de la simiente de los Fujimori. La historia suele tener ciertas ironías que no hay que despreciar. Que los japoneses sean gobernados (en un sentido metafórico, ya sabemos que un senador no gobierna) por el delincuente que protegieron, me suena como un buen final para esta historia.

Montesinos preso en la cárcel que mandó construir y los japoneses presos del miserable que encubrieron; aquí Shakespiere escribiría alguna obra sobre la naturaleza humana, en mi caso, el ingenio solamente me da para un breve comentario: cada quien tiene el gobernante que se merece; el Perú ha sabido caer siempre en manos de miserables, porque se ha tolerado y protegido a los miserables (se me ocurre pensar en el genocida que esclavizó y aniquiló a los Boras en los tiempos del caucho y que fue premiado siendo electo senador por Iquitos, por ejemplo)… los japoneses reciben en Fujimori una desgracia peor que la bomba sobre Hiroshima, porque la corrupción emite radiaciones más sutiles, más perdurables y perjudiciales que la atómica… sin que se den cuenta destruye la voluntad cívica y aniquila, desde dentro, los imperios.

Fujimori, como es su costumbre, ha jurado dar su vida por la nación de los samurais. Habría que ser imbécil para confiar en la palabra de Fujimori; lo que nos lleva a pensar que las elecciones en el Japón no serán unas simples elecciones, serán un test de coeficiente intelectual. Fujimori, que hizo pacto con ingenuos y ambiciosos políticos evangélicos y luego se juró católico y amigo de ese despreciable cardenal que odia los derechos humanos; Fujimori, que hizo pacto con nuestro populacho electoral por el “no – shock”, que luego aplicó sin ningún empacho; Fujimori, que hizo pacto con la nación, jurando defender la constitución y la democracia y que luego traicionó declarando un autogolpe, comprando canales y alquilando congresistas y conciencias; que juró brindar honradez, tecnología y trabajo y nos dio a Vladimiro Montesinos, a una tal Martha Chávez, y once años de despidos masivos; este mismo Fujimori, ha jurado, otra vez, dar la vida por alguien más que no sea su bolsillo o su pellejo. Ahora veremos si es cierto lo que dicen los peruanos que vienen de la isla en que se come pescado crudo y se adora a los muertos, que “los japoneses le creen a cualquiera”.

Sin embargo, parece ser que en la tierra de los samurais hace tiempo que no queda mucho de ese sentido del honor con el que hacen marketing en las películas. En cierta forma, los honorables debieron haber muerto todos en la Segunda Guerra, en el campo de batalla o rebanándose las barrigas ante la vergüenza de la derrota. Los que quedan son unos chinitos de pelitos verdes que quieren ser gringos, y que probablemente no tendrán vergüenza en recibir con los brazos abiertos a un Samurai que luego de allanar domicilios, enfrentó la vergüenza de la derrota con una filuda renuncia enviada por fax.

Roberto Pável
Jáuregui Zavaleta

Anexos:

Para el Público de habla inglesa, aquí un breve recordatorio:

La Primera Dictadura Mediática Latinoamericana

Reportaje del chino y montensinos