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Algunos psicólogos, según recuerdo, sostienen que las relaciones humanas podrían clasificarse (dentro de las muchas formas de clasificación), en relaciones de subordinación, dominio y colaboración. He observado que tales relaciones se aplican a toda forma de expresión de cultura, incluyendo las prácticas políticas. La definición misma de política tiene que ver con los mecanismos de adquisición y administración del poder, lo que implica el establecimiento del dominio y la correspondiente subordinación.

La historia humana es una historia de búsqueda de dominio. De eso se trataba el juego político entre las ciudades-estado griegas, una búsqueda de hegemonía mientras se trataba de mantener un aparente equilibrio; de ese modo Roma se impuso en la península y se convirtió en imperio; ese fue el juego de la diplomacia europea hasta hace unos pocos años, en que luego varias guerras desastrosas (30 años, primera y segunda guerra mundial), parecen haber encontrado una nueva dimensión interna en la colaboración.

El dominio es una tendencia de todo ser humano. Cada hombre es un dictador en potencia, sin embargo plasmar el dominio requiere de capacidad de liderazgo (a nivel personal) o de poder político – económico (a nivel de Estados). La subordinación se establece a través de un vínculo de dependencia predominante… se entiende que todos dependen unos de otros, pero el subordinado carece de la capacidad de poner un valor de negociación a su oferta por cuestiones de mercado (en la política) o por cuestiones psicológicas (a nivel personal). La colaboración, en cambio, exige el predominio de los iguales; personas con la suficiente madurez como para escuchar ideas distintas, hacer planes a largo plazo y conciencia de propia responsabilidad.

Quienes sostienen y defienden los modelos totalitarios y autócratas, creen que el mejor modo de superar las debacles nacionales es a través de la universalización de las relaciones de subordinación, en la que todos deberemos acatar las órdenes, pensamientos, gustos, ideas y dádivas del mesías político de turno; el salvador infalible que hará de la nación un país de justicia. El problema es que América Latina y Africa (“coincidentemente” naciones pobres) han sufrido de caudillos desde siempre. La ingenuidad nos lleva a pensar que no hay problema con el modelo autoritario, el problema es el dictador, por lo que si cambiamos de sátrapa entonces, ahora sí, las cosas mejorarán… una lectura de las leyes de Murphy podría ayudarnos a abrir los ojos, pero la evidencia empírica nos demuestra que cada dictadura izquierdista o derechista ha dejado su propio saldo de crímenes, corrupción, desigualdad y pobreza.

Estados Unidos, el poder político de este tiempo jamás tuvo un golpe de Estado en toda su historia… su sociedad está lejos de ser perfecta, pero su experimento político ha tenido como sustento, más que la imposición de la voluntad unidireccional del gobierno, el sentido de responsabilidad del ciudadano y el desarrollo del poder de la empresa privada. El modelo liberal ha demostrado su viabilidad durante siglos a diferencia del experimento soviético que cayó en 50 años.

Si tuviera que adoptar un modelo en base a la observación empírica, sería el liberal.