“Hubo también entre ellos una discusión sobre quién de ellos sería el mayor. Pero él les dijo:
– Los reyes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que sobre ellas tienen autoridad son llamados bienhechores; pero no así vosotros, sino que el mayor entre vosotros sea como el más joven, y el que dirige, como el que sirve…”
Lucas 22: 24,25

La búsqueda de la hegemonía es el motor de la humanidad. Irak, Cartago, los Chancas fueron, en su debido momento, víctimas de la sangrienta ruleta del poder. Si somos consecuentes, deberíamos concluir (de manera similar a los anabaptistas) que no se puede condenar como crimen los hechos de sangre del presente mientras se celebran como logros los hechos de sangre del pasado.

Condenar a Bush y celebrar a Pizarro; condenar a Pizarro y exaltar a Pachacutec resulta absurdo. Quien dice detestar el imperialismo norteamericano pero se enorgullece de los viejos imperialismos patrios, ¿no estará manifestando que lo único que detesta es el imperialismo ajeno?

Al respecto solamente puedo ver dos posturas consecuentes:

La primera, sería aquella por la cual se reconoce que es vital para los Estados la obtención y la conservación del poder. En esta perspectiva, los conquistadores nacionales son héroes y los extranjeros opresores.

La segunda, sería aquella por la cual se reconoce que la paz es una de las necesidades fundamentales de la humanidad, y que más allá de las fronteras y las naciones, repudia todas las guerras y conquistas sin tragarse la manipulación política del concepto “patria”.