El Perú es un país al que perfectamente puede calificarse como el “país de las maravillas”, no necesariamente porque aquí se puedan encontrar artefactos de gran antigüedad y riqueza histórica (que los hay); no porque existan paisajes de belleza desconcertante (que los hay); no porque los choclos son dulces, las papas enormes, y el cebiche sabroso (que lo son); sino porque somos un país en el que ciertos eventos contrarios a la naturaleza tienen una recurrencia histórica reñida con la moral.

El último evento (o la “última maravilla”) fue la caída de un asteroide en Puno (que en todas partes caen), pero como bien lo anotó Mirko Lauer en su columna de hoy, solamente en el Perú caen y a los pocos instantes vuelven a volar; esta vez (dicen las malas lenguas) con la participación “milagrosa” de la Policía Nacional del Perú.

Con maravillas como estas ¡¿quién necesita a Hugo Chávez!?

Una raya más al tigre…

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