Pekka-Eric Auvinen, un joven de 18 años, autor de algunos videos con insinuaciones violentas, escribe una carta suicida, toma un arma y se dirige a un colegio donde mata a ocho personas, luego se da un tiro en la cabeza, varias horas después muere en un hospital Finlandes.

“Este es el comienzo de la revolución”, se le habría escuchado decir mientras iniciaba, entre disparos, los últimos minutos de su corta vida. Finlandia es uno de los países con más armas por habitante y, sorprendentemente, era también, uno de los de menor incidencia en casos de este tipo. Más tarde, un familiar que lloraba a la puerta de un hospital diría “Esto es el fin de nuestro mundo, el fin de Finlandia”

El “comienzo de la revolución” y el fin “de nuestro mundo” son las dos caras de una misma moneda. No importa si la revolución es la absurda muerte de unos cuantos chiquillos o si se trata de las “estadísticas” matanzas que aplacaban la moral estalinista. En el fondo, sabemos que la inocencia no podrá ser recuperada, que no hay modo de dar marcha atrás a los relojes, que hay un puñado de muchachos muertos y que ahora nos hemos ido varios pasos más lejos.


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