“Consecuente” según la realísima academia es un adjetivo que se aplica a una persona “cuya conducta guarda correspondencia lógica con los principios que profesa”. La fórmula resulta admirable aunque un tanto circular. Si nos pusiéramos teológicos notaríamos que en el universo solamente habría dos seres consecuentes, de un lado Dios, consecuente con su principio de santidad; del otro lado Satanás, consecuente con su principio de pecado. Entre uno y otro, estaría el hombre, invitablemente inconsencuente…

El ateo que se persigna antes de entrar en la piscina, el cura que embaraza una monja, el evangélico que no cree que la Biblia sea práctica, el moralista que es adicto a la pornografía, el policía de tránsito que viola el mismo Código de tránsito o el ciudadano honesto que no paga sus deudas, todos son expresión clara de la humana inconsecuencia.

Las reflexiones de Jack Sparrow en Piratas del Caribe I, pueden dar algo de luz en este asunto: “No puedes confiar en los hombres honestos; porque de los deshonestos sabrás que siempre serán deshonestos, pero de los honrados nunca sabrás cuando harán una tontería” Y en este punto puede ser que tengamos una solución entre las manos: el único modo de ser consecuente, es ser consecuente en la incosecuencia…

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