Desde la reunión esa en Roma en que se decía que los delincuentes “nacen y no se hacen”, ha pasado mucho. Durante un tiempo Lombroso quedó como reliquia porque nadie realmente serio aceptaba una tesis que tenía sombras de prejuicio racial (ustedes saben todo eso de las mandíbulas, lo epiléptico y lo de las frentes pequeñas hubiera llevado a la sospecha a más de un vecino poco agraciado).

Luego vino el asunto de que Lombroso no habría sido tan descabellado al proponer su teoría. De pronto unos jueces en Australia habían aceptado como factor atenuante la presencia de un cromosoma del crimen, las implicancias legales y científicas del hecho las dejaremos a los blogs científicos o de Derecho, lo que a nosotros nos interesa (porque somos muy culturales) es llamar la atención sobre el hecho de que después de todo los asesinos y los gays ahora tedrían algo en común: la pretensión de poseer inclinaciones que vendrían “de fábrica”.

Esta tarde vi un poco más de este Iceberg genético: unos científicos en Suecia han encontrado el cromosoma de la infidelidad, con lo que podría quedar comprobada la inocencia de los “sacadores de vuelta”. El estudio fue hecho con ratas y el problema parece ser la versión 334 del gen AVPR1A. Si uno tiene ese gen o dos copias de la variante entonces puede usar el mismo argumento que ha puesto de moda la modernidad: “he nacido sacavueltero, déjame ser”.

Dos conclusiones:

1. Del fatalismo mitológico al filosófico, del filosófico al psicológico, del psicológico al socialista, del socialista al genético. Esta conclusión debe ser leída más bien como pregunta.

2. Ahora ya sé que tienen en común Jaime Bayly y Alejandro Toledo