El Muro de Berlín se construyó en 1961, fue una de las genialidades de la administración comunista de la época; si tuviéramos que hacer una comparación, se parecería un poco al muro que George Bush quiere construir en la frontera con México, solamente que mientras que este último tiene el propósito de impedir que los Mexicanos entren, el otro tenía el objeto de impedir que los habitantes de Berlín se vayan.

No decimos que fue una genialidad con la ironía que nos caracteriza, porque en este caso fue una genialidad siniestra y poco imaginativa, digamos que fue una genialidad efectiva, animalesca y brutal, la misma clase de genialidad que nos permite evitar que los caballos regresen al campo, o que los chanchos se paseen por la calle, o que los chivos devoren el jardín; la genialidad sencilla que nos dice que si algunos seres vivos desean irse sin nuestro permiso, es buena idea construir un muro. Fue una genialidad porque si no hubieran construir el muro, varios de los comunistas junto con el grueso de la población se hubieran ido a vivir a la parte capitalista del mundo.

El tiempo pasó y vino lo inevitable: no hay mal que dure 100 años ni cuerpo que lo resista. El régimen cayó, el muro también, Alemania volvió a ser una y los parientes pudieron visitarse. Parte del muro se convirtió en un monumento recordatorio, parte fue destinado a otros proyectos de construcción y parte se fue a la subasta. Como resultado de eso, un empresario habría comprado parte del muro para decorar su oficina.

El capitalismo tiene un modo especial de celebrar sobre los vencidos. Es más práctico y sabroso que la simple sacralización romana. No es la apoteosis que convierte a la carne muerta en divinidad. Es la conversión de un hecho o un objeto cualquiera en artículo de mercado.

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